Todo el tiempo que estuvo al frente de la ciudad durante la paz, la dirigió con moderación y supo velar por ella de manera segura; en consecuencia, fue la más grande de su tiempo».
Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, II 65, 5.
Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, II 65, 5.
«Quiero repetir por mi parte que Pericles ha hecho a los atenienses perezosos, cobardes, charlatanes y ávidos de dinero debido al establecimiento de un salario para los cargos públicos».
Platón, Gorgias 515 e.
Platón, Gorgias 515 e.
Pocos son los individuos en la Historia que pueden presumir de haber dado nombre al tiempo en que vivieron. Casi da vértigo pensar que no se trata de un acontecimiento de escala mundial, de una guerra que afectara a muchas naciones (por desgracias los conflictos bélicos suelen usarse como etiquetas cronológicas), de un fenómeno natural desproporcionado. Se trata de un simple hombre. Pero algo debió de tener aquel individuo para que su nombre se asociara indisolublemente a su época. Algo especial debió de haber en él para que la posteridad recordara su tiempo como el Siglo de Pericles.
Y sin embargo Pericles fue el “primer ciudadano” de Atenas durante escasas tres décadas (cuarenta años, redondea Plutarco). Entró en la escena política a mediados del siglo V a.C. y en ella se mantuvo hasta su muerte, el 429 a.C.. Como estratego de Atenas lideró sus destinos durante la segunda mitad de la llamada por Tucídidespentecontecia, el lapso de tiempo que transcurrió entre las guerras médicas y las del Peloponeso; al iniciarse este último conflicto ofreció al pueblo ateniense una táctica que quién sabe si no les habría llevado a la victoria final, de no haber muerto él a los dos años de comenzada la guerra. Quizá pueda pensarse que el hecho de ocupar la magistratura de estratego le puso en bandeja el liderazgo de Atenas, pero tal idea se viene abajo en cuanto uno repara en que los estrategos atenienses no ocupaban el cargo de manera vitalicia sino que se elegían anualmente; que no era un único individuo el elegido sino diez cada año; que en principio era un cargo de carácter militar supeditado a otra magistratura más importante, el arconte polemarco. Habiendo escogido ya a Pericles como estratego alguna que otra vez en los años 50, la Asamblea de Atenas (que es como decir el pueblo, la ciudadanía) lo mantuvo en el cargo durante quince años consecutivos, del 445 a.C. al 429 a.C. (y sin embargo parecen pocos comparados con los cuarenta y cinco –si hemos de creer a Plutarco– de Foción, que vivió un siglo después), y en ese periodo dispuso siempre a los atenienses a favor de sus propuestas tanto en política interior como exterior, convirtió su polis en “la más grande de su tiempo” y la puso en la cabeza de un imperio marítimo basado en la tributación a cambio de protección, que dominó el mar Egeo hasta que fue desmantelado en el 404 a.C. con la derrota en la guerra contra los espartanos.
Claude Mossé, gran historiadora de la Grecia antigua cuyo nombre se asocia a los también eminentes historiadores franceses ya fallecidos Jean Pierre Vernant y Pierre Vidal-Naquet, ha sido reseñada por aquí en alguna otra ocasión. Este libro suyo sobre Pericles no aborda el personaje desde un punto de vista estrictamente biográfico; Mossé no construye una biografía del ateniense (aunque la propia autora lo defina como una “biografía crítica”), sino que más bien hace un recorrido en un principio transversal, después horizontal, del cosmos ateniense en los años centrales del siglo V a.C., cosmos en el que Pericles ocupa un lugar esencial. Y sin embargo la obra comienza en el siglo VII a.C. y acaba con Plutarco, en el siglo I d.C. Vamos por pasos: ¿por qué ese comienzo tan remoto? Porque todo comenzó cuando el ateniense Cilón quiso ser tirano…
En efecto: el vencedor olímpico Cilón se propuso en el 632 a.C., en pleno auge de las tiranías griegas, convertirse en el tirano de la oligárquica Atenas. La tentativa fracasó y el arconte (algo así como el primer magistrado de la polis) Megacles, de la familia de los alcmeónidas, cometió el sacrilegio de matar a los golpistas, que se habían refugiado en la Acrópolis, habiéndoles dado palabra de que no lo haría. Tal crimen pesó sobre la ciudad como una losa: Atenas se había vuelto impura, el miasma causado por su primer magistrado debía ser limpiado como fuera. Se llamó a un chamán cretense, Epiménides de Cnossos, de quien se contaban extravagancias tales como que había dormido en una cueva durante cuarenta años (o cincuenta y siete, según la fuente que se consulte), que toda su piel estaba cubierta de tatuajes, que siempre se alimentaba del mismo alimento o que era capaz de separar su alma de su cuerpo. Y Epiménides descontaminó Atenas pero la familia alcmeónida siguió arrastrando la impureza del sacrilegio durante generaciones. A lo largo del tiempo los alcmeónidas fueron desterrados de la polis y sus muertos desenterrados y expulsados de Atenas. Doscientos años después del sacrilegio incluso los espartanos, en una absurda petición que ocultaba una excusa para iniciar la guerra, exigían a los atenienses que expulsaran de la ciudad por impuro al tras tataranieto de aquel sacrílego Megacles alcmeónida; era el año 431 a.C. y el individuo en cuestión era Pericles.La historia griega está plagada de relatos como este, y Mossé lo trae a colación para introducir el tema de las rivalidades entre las familias eupátridas atenienses. Efectivamente, los alcmeónidas no gozaron de la simpatía general la aristocracia ática. Tuvieron enfrentamientos con los pisistrátidas, el clan que logró hacerse con la tiranía durante buena parte del siglo VI a.C. Fueron los alcmeónidas quienes pidieron al rey espartano Cleómenes que expulsara de Atenas al tirano Hipias, hijo de Pisístrato; y fue el alcmeónida Clístenes quien introdujo los cambios legislativos necesarios para hacer al pueblo ateniense dueño de su destino, por encima de tiranías o de aristocracias con ansias de oligarquía. El clan alcmeónida también tuvo rivales políticos entre la familia eupátrida de los filaidas: el vencedor de Maratón, el estratego Milcíades, tuvo sus más y sus menos con el alcmeónida Jantipo, y si el maratonomaco fue encarcelado y condenado a pagar una multa descomunal que después heredaría su hijo, pocos años después Jantipo fue víctima del ostracismo y tuvo que abandonar Atenas. También entre pisistrátidas y filaidas hubo roces: Pisístrato y Milcíades el Viejo, padre del de Maratón, rivalizaron en poder y por ello este prefirió alejarse de la polis durante la tiranía de aquel. Pero volviendo a lo que nos interesa, el enfrentamiento entre los clanes alcmeónida y filaida: los hijos de Milcíades y Jantipo sostuvieron una dura pugna política en los años centrales de lapentecontecia. Estos hijos fueron, respectivamente, Cimón y Pericles.
Claude Mossé no se pierde en los vericuetos que he expuesto en los dos párrafos anteriores. No menciona a Epiménides y huye de dispersarse entre las historias que Herodoto cuenta acerca de alcmeónidas, pisistrátidas y filaidas. Son estos caminos deliciosos, pero el libro busca un tono alejado del chisme (aunque sin rehuirlo del todo) y más cercano al análisis de fuentes más rigurosas que las Historias del de Halicarnaso. En otras palabras: para reconstruir la historia política de la Atenas del siglo V a.C. Mossé se apoya básicamente en la Historia de la guerra del Peloponesode Tucídides y sobre todo en los fragmentos conservados de la pequeña obrita del siglo IV a.C. Constitución de los atenienses, del Pseudo-Aristóteles, y en la República de los atenienses del Pseudo-Jenofonte. Sin embargo, también recurre a menudo (hasta el punto de dedicarle el penúltimo capítulo) a las Vidas Paralelas del moralista Plutarco. La historiadora francesa recoge de su vida dedicada a Pericles tanto los elogios como las críticas al estadista ateniense, ya que el de Queronea se hace eco de ambas cosas.
Y es que Pericles fue en su época un personaje controvertido. Siendo de familia aristocrática, ya desde sus inicios en política se decantó por favorecer al pueblo y apoyar y proponer medidas que restringían fuerza e influencia a las clases acomodadas. Las reformas tradicionalmente atribuidas a Efialtes, líder del bando democrático en los años 60 del siglo V a.C., tal vez fueran sugeridas por el propio Pericles, quien a menudo se retiraba del escenario político y actuaba a través de sus amigos, como revela Plutarco. En cualquier caso, la prematura muerte de Efialtes en el 461 a.C. le dejó solo al frente y enfrentado con el bando aristócrata cuya cabeza más visible era, precisamente, Cimón hijo de Milcíades. ¿Fue Pericles el promotor del descrédito de su rival ante los atenienses y de su consiguiente ostracismo pocos años después? Es posible pero poco probable. ¿Propuso el alcmeónida el polémico decreto de limitación de la ciudadanía a los nacidos de padre y madre atenienses, para así alejar de la política a Cimón, cuya madre era tracia? Es probable pero poco posible. De todos modos, pese a su aura de moderación, templanza y justicia, Pericles sabía jugar duro cuando convenía. Plutarco también se hace eco de la opinión crítica que algunos tenían de Pericles, de quien contaban que el salario que instituyó para los ciudadanos que ocuparan algún cargo público, salario que obviamente salía del erario de la polis, fue solo un intento de contrarrestar la buena fama que su rival Cimón se había ganado al hacer siempre un uso desprendido de su inmensa fortuna personal favoreciendo a quien le pidiera ayuda.
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